






03/2026 a 05/2026
Reversos, problemas, inexactitudes, derrames
Impresiones sobre las pinturas recientes de Lucas Rimsky
Está incómodo, no sabe bien por qué. Se mueve de acá para allá, trabaja simultáneamente en distintos formatos. Su abordaje parece ansioso, desordenado. Se siente desposeído de autonomía, una fuerza lo rapta. Quisiera al menos ser un poco especulador, pero la emoción lo vence. No puede. Prefiere dejar su travesía a merced de las circunstancias. En esta encrucijada sensible con la pintura, la solemnidad de la abstracción estalla en mil pedazos; un espejo cae al suelo, cubriendo todo de esquirlas filosas que se reflejan en la tela. Lucas Rimsky corre por su propio laberinto chorreando el goce que le produce manipular las formas. Corre hacia adentro.
La práctica de Rimsky es operativa, no en el sentido funcional, sino en su condición metodológica: responde estrictamente a esa pulsión arbitraria que no lo libera hasta alcanzar el punto de tensión que precisa su obra para activar los sentidos. Es un artista sometido a la relación de intensidades. Avanza, retrocede, superpone, raya, genera sistemas provisorios. Parece no importarle la adecuación a la utilidad.Se sumerge. Está incómodo y sospecho que sí sabe por qué. Parece obedecer a un espíritu de frecuencia baja; persigue huellas ocultas en veladuras y no duda de permanecer en una fracción diminuta de la totalidad, aunque el costo sea desorientar su trayecto. Lo obsesiona el problema de la imagen, la tenue ilusión de decodificar la vida en un fragmento; se guarece en los problemas pictóricos sin dudarlo. Corre hacia adentro. La atmósfera no es de cohesión, sino de desajuste. Los encuentros son enfrentamientos, la noción de reciprocidad se enrarece, se altera la mirada y predispone al resto del cuerpo. Uno no sale indemne de ahí dentro. Pinturas para ver con la carne, así lo requiere su imponencia: verticales, severas, justo antes de estallar en el punto dulce de la austeridad.
Las figuras están luxadas y se mimetizan con el fondo, no hay jerarquías, sin embargo, alcanzan una armonía opaca, aunque a Rimsky esto no parece importarle. No hay dialecto ni oposición, más bien juegos de sombras, artimañas para meter en problemas a la representación, fugándose del monopolio de la razón. Al enfrentar sus pinturas se percibe un anacronismo, es una obra de otro tiempo. Se escucha una modulación andina susurrar sobre artistas de los que ya nadie habla, se niega a explicar si no es exclusivamente apelando a sus sensaciones. Dice no tener lenguaje. No entiendo tamaña dislocación.
Quisiera justificar esta volatilidad con su juventud, pero sería demasiado sencillo y tan joven tampoco es. Por el contrario, nos libra a la tarea de situarlo en esta coyuntura adicta a las significaciones saturadas, donde pareciera no caber ni un alfiler de misterio: todo transparente, diluido, enfocado. Aun así, es imposible; su trabajo está repleto de contraseñas, esa es justamente su potencia. Pero, ¿qué se espera de un artista? Lo que hace Lucas con su obra: reversos, problemas, inexactitudes, derrames. Sí, se esperan cosas de los artistas y de su trabajo; siempre vuelvo a ellos con la esperanza de que algo sacuda esta verdad deteriorada, de que por fin algo recomponga el afán por quebrar la asimetría y el desencanto de la época.
Haciendo una vista panorámica por su cuerpo de obra reciente, se la puede percibir articulando entre sí como un artefacto, un mecanismo motorizado por la fe. Conversan, complotan, debaten, rezan. También como un cuerpo compuesto por carnes, pliegues, órganos, flujos. Más que una interpretación del acontecimiento, como quien observa algo e intenta entender, lo que se siente en este paneo son los efectos de su comportamiento en esencia. Pinturas vivas en pugna con su fabricante, porfía por lo heterogéneo y desmesurado con la convicción de que llegarán ordenamientos inesperados. Su cartografía sentimental lo guía; sabe que lo llevará a buen puerto. Invita a los demás a seguir sus rastros, absteniéndose de las consecuencias de su velocidad. Quienes quieran subirse al convoy de este artista deben abrocharse los cinturones.
Aunque sus referentes deambulen como fantasmas por su taller, Rimsky no le rinde pleitesía al monumento de la abstracción; está más afectado por el deseo de generar un cortocircuito en los asuntos formales, en la temporalidad, en el intercambio, y así evocar un entorno donde operar de diversos modos en cada pieza y sus respectivos montajes. Quiero decir que aunque sepa que no está solo, no suscribe a la tradición tan rápido ni pretende enmarcarse en una línea concreta; más bien parece querer sacarse cosas de encima, la condición de inteligibilidad de su trabajo así lo reitera. Su pintura es un grito de auxilio por la liviandad, un modo de exorcismo. Una reconciliación con los inconvenientes. Va hacia la unidad mínima del gesto a sabiendas que la historia termina ubicándonos siempre donde ella quiere y no se puede evitar, aunque todavía sea muy temprano para preocuparse por la posteridad. Eso lo vigoriza en su irreverencia tanto para la vida como para el arte, un presente de ensoñación.
Entonces, ¿qué se espera de un artista? Lo que hace Lucas Rimsky con su obra: nos enseña a observar los detalles de este mundo siniestro y fabuloso que, por estar distraídos con tanto, no alcanzamos a visualizar. Sí se esperan cosas de los artistas y de su trabajo; siempre se vuelve ahí con la esperanza de que algo estremezca esta angustia normalizada, que por fin algo restaure el coraje para lo inexorable.
Elian Chali.
Galería Towpyha se especializa en arte abstracto, geométrico y latinoamericano.
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