




06/2026
OÍDO DEL CORAZÓN
Aristóteles pensó que el corazón era la sede del pensamiento. Después se le concedió el honor a la cabeza.
George Didi-Huberman/ Ser cráneo
Esperando el don del sonido y la visión / Waiting for the gift of sound and vision
David Bowie/Sound and vision
Un oído rabdomante que explora bajo la piel un continente que no es accesible a la vista en busca de alguna imagen-tesoro que revele el misterio del interior.
Una visión estereoscópica capaz de traducir las reverberaciones sonoras en imágenes sintéticas y luego disponerlas en una simetría aproximada que es, en realidad, estereofonía.
Todas mis conversaciones con Erik rondan el factor auditivo: -soy sensible a ciertos ruidos, - nuestra mente se configura por el oído, -me mudé a un barrio con muchos campanarios que suenan a toda hora, -el silencio es tan grande que oigo mis pensamientos, -los motores no me dejan dormir, -estoy escuchando un cd con cantos de ballenas, lo conocés?, -aquí es tan silencioso que sólo se escucha el sonido del semáforo…
Escuchar es como tener ojos táctiles que ven donde no hay luz, en la propia carne, en la propia sangre. El sonido es una vibración mecánica que viaja por el cuerpo a través de los tejidos y los líquidos, que actúan como medio para que esas partículas sonoras palpiten.
Podemos situar el comienzo de estas obras en ese caracol espiralado que es el oído. Las imágenes que vemos hoy en esta sala nacieron del artista escuchando su corazón. Recostado, cada día durante días, estetoscopio en el pecho. Bum bum bum, el corazón bombea, el sonido vibra en las venas. Acelera y desacelera con las emociones y el movimiento. Ese sonido sordo, que no viaja en el aire sino por los huesos, es la señal de que estamos vivos.
La percepción estéreo, visual o auditiva, se basa en la capacidad del cerebro de inferir profundidad y distancia a partir de las disparidades, las mínimas diferencias, entre lo que transmiten cada uno de los dos ojos u oídos de manera individual (espacial en el caso de los ojos, temporal en los oídos).
¿Como trazar una cartografía de nuestro interior? ¿Cómo hacerlo sin que medien herramientas endoscópicas, sin mediatizar la visión? Y sobre todo, ¿cómo dar cuenta de esa idea de interior que no es sólo física? Erik Arazi parece enunciar estas preguntas. Impulsado, desata su (nuestro) gusto por el conocimiento, la búsqueda de significado y la aspiración al equilibrio y la belleza, unidos por cierto humor espiritual de acceso directo.
La arquitectura del cuerpo es percibida por nuestro sensorio, que además de orientarnos, procesa e interpreta el conjunto de estímulos sensoriales. Puede percibir formas y volumen a través de la escucha. El sonido es como un recipiente de imágenes tridimensionales, la audición es capaz de una dimensión espacial. Podemos pensar, que todo acto de percepción es, hasta cierto punto, un acto de creación. Toda escucha atenta nos reenvía a la visión.
A las imágenes que surgieron de su exploración y del intento de comprender esa máquina compleja que es el cuerpo, Arazi las llama dibujos. No tengo por ahora otra palabra para nombrar esos trazos densos y vaporosos al mismo tiempo, de pasteles triturados en partículas iridiscentes, que aparecen desde la oscuridad del negro papel y de los que no podemos vislumbrar su comienzo ni su fin. Una pericia notable para iluminar desde los bordes, para ser línea pero volumen, luz y oscuridad, silueta o desborde, símbolo y cosa misma, semejanza formal y abstracción. Huecos y llenos.
La fluidez del torrente sanguíneo y el patrón de latido rítmico se traslada al modo de producción de los dibujos. Uno se conecta con otro, se enlazan unos en otros, son un continuum.
Estas obras traen información interna, estructurada con un orden personal. Son aproximaciones sensibles, intuiciones de cómo podrían ser algunas cosas. Funcionan como guías clarividentes, verdaderos mapas para orientarnos en la oscuridad, para permanecer en la imagen o moverse en su interior.
La conexión entre los beats musicales y los latidos del corazón es profunda, ya que ambos se miden en pulsos por minuto (BPM). El cuerpo humano suele sincronizar su ritmo cardíaco con el tempo de la música (y de los sonidos) que escucha.
¿En qué parte del cuerpo se puede sentir el pulso de la vida? En las manos, parece decir el artista, en la yema de los dedos. Los mismos que toman el pastel tiza o el lápiz y lo mueven al ritmo pulsátil. Escucha y desea (permite) que eso que oye guíe su mano y sus ojos para dibujar el recorrido de la energía vital que circula por el cuerpo. La mente del artista interviene para hacer síntesis y transformar ese torrente sonoro, que parece llegar deslizándose por un embudo helicoidal, en lenguaje visual.
Algunas formas que se perciben con un sentido se replican en otro. Como si nuestro aparato perceptivo estuviera configurado arquetípicamente. Espiral, cavidad, rotundidad, línea, son ideas sonoras y también son imágenes, volúmenes, espacios y cuerpos.
Al igual que el corazón, que podemos pensarlo como un instrumento que tiene en sí mismo la ejecución del sonido y la posibilidad de escucharlo, es decir, de ser emisor y receptor, así también es el artista, capaz de escucharse (de verse) a sí mismo y de producir el sonido (las imágenes) para ser escuchadas (vistas).
La palabra aurícula proviene del latín auricula, que significa "pequeña oreja" u "orejita". Es un diminutivo formado a partir de auris ("oreja") y el sufijo -culum/cula que tiene un valor instrumental. El uso de este término para referirse a las cavidades superiores del corazón se debe a su similitud visual con la forma de una oreja.
Tenemos una orejita en nuestro corazón.
Silvia Gurfein
Junio de 2026